¡Tenemos casa nueva en Europa!

En el verano de 1970, mis papás se fueron de viaje a Europa con mis tres hermanos mayores: Francisco, Mavi y Martha. Nos dejaron a los otros cuatro hermanos en casa, encargados con mis dos abuelas: Mariquita y Toya. En la casa también estaba Mago (Margarita Vega Nieves), nuestra muchacha de servicio; además, todos los días venía a trabajar Miguel (Michael García Cruz). Tanto Mago como Miguel trabajaron muchos años con nosotros.

La verdad, no sé cómo sobrevivimos los que nos quedamos. El viaje duró alrededor de dos meses; visitaron múltiples ciudades y con bastante lujo. Imagínate a cuatro niños con dos abuelas. En general nos portábamos bastante bien, pero había otros que era todo un desastre; las pobres abuelas a veces no sabían qué hacer.

En retrospectiva, creo que fue el mejor viaje de la vida de mis papás: una época en donde mi papá cosechaba los frutos de tanto esfuerzo y sus hijos mayores, en la adolescencia, un buen “milestone” en sus vidas.

Como momento curioso, un día estaba viendo la televisión y, de repente, me acordé de mi hermana Martha. Pensé: «Hace mucho que no la veo». ¡Martha, Martha! Empecé a gritar por la casa buscándola hasta que me acordé de que estaba de viaje.

En aquellos años era costumbre enviar tarjetas postales desde los lugares que visitabas durante tus vacaciones. En cada ciudad te las vendían; normalmente contenían fotografías del lugar de muy buena calidad, lo que las hacía muy atractivas tanto para enviarlas como para coleccionarlas.

Con los días empezaron a llegar las tarjetas postales de los distintos lugares que iban visitando; mostraban lugares totalmente diferentes a lo que hasta entonces conocíamos. Tienes que recordar que no existían las computadoras en las casas ni Internet.

Un día llega una postal en donde mis hermanos escriben: «Con la noticia de que mi papá acaba de comprarnos esta nueva casa en Europa; está muy bonita, nos vemos pronto».

Yo tenía nueve años; Lupe, once; Federico, seis, y Alejandra, cinco. Veíamos la fotografía y no lo podíamos creer.

Nos toca la hora de la comida y el diálogo fue algo así, más o menos:
— ¿Crees que realmente compró esa casa mi papá?
— No sé, es posible…
— A mí me gusta mucho esta casa en donde vivimos…
— ¿Nos vamos a tener que mudar?

En fin, continuamos con nuestra rutina diaria con la duda en mente.

Esta es la casa que mostraba la tarjeta postal:

Palacio de Schönbrunn en Vienna Austria

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