• Una decisión difícil – Futuro incierto

    La calidad de la educación universitaria en mi tiempo no estaba a la par de mis expectativas. Pensaba que habría sido un tema solamente ligado a mi universidad, sin embargo mis amigos «Los Hormigueros» del despacho de diseño también me habían confirmado que se habían quedado con la impresión que algo les había faltado en su preparación.

    Así que a mediados de los años 2000 pensé que necesitaba aprovechar mejor mi tiempo, empecé a leer libros de autores muy reconocidos y ver videos en YouTube de profesores universitarios de todo el mundo. Todavía en ese año YouTube no era lo que es hoy, estos profesores se grababan de manera muy artesanal, sin embargo los contenidos eran de muy alta calidad. El rendimiento en conocimiento por tiempo invertido fue realmente muy provechoso.

    En 2012 trabajaba en Hewlett Packard en Houston, HP estaba teniendo problemas importantes de rentabilidad ya desde hacía algunos años, y las reestructuraciones se anunciaban con frecuencia, lo que significaba despidos masivos y la gran incertidumbre de empleo para muchas personas.

    Una de las herramientas de HP fue orillar a las personas que tenían cierta edad y antigüedad en la empresa a aceptar una propuesta de salida de la empresa, sin embargo esta ocasión era mucho más agresiva, la propuesta fue la siguiente: Para esta fecha a las 6 pm tiempo del centro si decides dejar la empresa te daremos un paquete económico equivalente a seis meses de sueldo, si no la aceptas y pasada esta fecha y hora si eres elegido para ser despedido no te daremos ninguna cantidad de dinero, es decir te vas sin nada de dinero.

    Existía una página web para este propósito, la abrías y aparecía tu nombre, junto a tu nombre había un botón que decía: «acepto tomar la propuesta» junto con timer de cuánto tiempo quedaba para tomar la decisión, así de simple para que no hubiera lugar a dudas.

    Ese día estaba en Palo Alto ya que me había inscrito en un programa de innovación en la universidad Stanford como parte de mi reinvención personal. Asistía al programa pensando a la vez si debía o no tomar la propuesta de HP para dejar la empresa. Evaluando si podría conseguir otro trabajo rápidamente, las implicaciones familiares, mis hijos estaban creciendo y el gasto familiar cotidiano era importante. Era un tema estresante y no fácil de resolver.

    Stanford Design School

    Había planeado que después de mi curso Sahira y los niños me alcanzaran en San Francisco para ir al parque nacional de Yosemite y pasar unas vacaciones familiares.

    Así que mi mente estaba entretenida con el entusiasmo del programa en la universidad, las vacaciones familiares y la incertidumbre de la viabilidad económica familiar en el corto plazo.

    Llegó el día y se acercaba la hora para tomar la decisión, durante el curso había llegado a la conclusión que tenía que aceptar la propuesta, ya que necesitaba los recursos para poder sobrevivir en lo que hacía la transición para mantener a la familia a flote. El futuro se veía cada vez más incierto.

    Terminé mi curso en Stanford me fui a mi hotel, veía el reloj, abrí mi laptop entré a la página en donde solamente tenía que apretar el botón, decidí esperar a estar a tan sólo unos minutos para presionar el botón, reflexionaba mientras tanto si estaba haciendo lo correcto.

    Literalmente estaba por apretar el botón cuando recibo una llamada a mi celular y escucho lo siguiente: «Me llamo X (no recuerdo su nombre), me han nombrado para ser el director de la división en donde hoy tú trabajas, quería decirte que no tienes que aceptar la propuesta de salida, porque te puedo asegurar que tú sí vas a tener tu puesto en la nueva estructura, es tu decisión, pero quería avisarte a tiempo»

    El timer en ese momento llegó a cero, desapareció el botón de la página web. Me sentí muy agradecido que alguien que no me conocía hubiera investigado mi número y me hubiera avisado a tiempo. Cerré mi laptop, vi la hora y salí al aeropuerto para recoger a la familia en San Francisco que está como a una hora de camino.

    Recogí a la familia en el aeropuerto y pasamos unas vacaciones en el parque de Yosemite inolvidables.

    Nunca conocí a la persona que me llamó porque la organización terminó teniendo otra configuración, ni recuerdo su nombre.

    En mi carrera profesional hubo personas «caídas del cielo» que me ayudaron en momentos críticos que son difíciles de creer, pero más difícil de creer es que fueron en contadas ocasiones y donde la palabra «coincidencia» probablemente no es la más adecuada.

  • El Amor en una Servilleta

    En la Navidad de 1969, mi prima Beatriz Eugenia Chávez Mendoza —Betty para toda la familia— se acercó para darme un pequeño regalo. Me comentó: «Te lo envía mi tío». Primero pensé que se refería a mi tío José, su papá, pero en realidad era un regalo de mi papá; es decir, una confusión de lo que la palabra «tío» significaba para cada uno.

    Recuerdo que era 1969 porque el regalo era una película en formato Super 8 de toda la misión del Apolo 11, la que proyecté incontables ocasiones.

    Festejábamos la Navidad en Tlalnepantla, en la «casa de mi tía» Justina, en donde siempre hubo un gran movimiento, ya que «Los Chávez» eran siete en total y nosotros, «Los Romero», nada más nueve.

    Betty al centro navidad 1973

    También estaba la abuela Mariquita, que normalmente vivía con ellos, aunque de vez en cuando pasaba temporadas en nuestra casa. La tía Lola, siempre presente, cuñada de Mariquita que vivía en California, pero siempre regresaba a México para las fiestas de fin de año.

    Toya mi abuela paterna, la tía Lola y Mariquita mi abuela materna

    Por otra parte, «Los Elizondo» eran catorce. Mi tía Felisa, la otra hermana de mi mamá, tuvo doce hijos y también vivía en Tlalnepantla. Ellos no iban todos juntos a la vez a festejar; iban y venían, ya que su casa estaba a tan solo unas cuadras. Claro está que estaba la mesa de los grandes: las tres hermanas con sus respectivos esposos siempre estuvo puesta como un lugar muy especial.

    Por cierto, de chico no me gustaba ir a casa de los Elizondo porque me daba pena no saber el nombre de cada uno de mis primos y tenía que poner mucha atención para identificar quién era quién, y eso me tomaba mucho tiempo e incomodidad.

    El árbol de Navidad se llenaba con muchísimos regalos de las tres familias y con primos de todas las edades.

    Mis hermanas mayores, Mavi y Martha, siempre fueron compañeras de juego de Betty. En los días de campo acostumbraban poner una hamaca y mecerse atando una cuerda a algún árbol cercano, así como brincar la cuerda levantando cualquier cantidad de polvo.

    Betty atrás a la izquierda, mi hermana Lupe, Mavi, Yo y Martha

    Betty nació el 30 de mayo de 1953, tan solo unos días antes de la boda de mis papás, que fue el 13 de junio. Aprovecharon el evento para bautizarla, lo que provocó muchos murmullos entre los asistentes en la iglesia porque ¡unos recién casados estaban al mismo tiempo bautizando a su hija!

    Betty era ocho años mayor que yo y, al vivir en Tlalnepantla, pues solo la veía los domingos en las ocasiones en que íbamos a comer a su casa.

    Betty atrás a la izquierda, todos los Chávez y los hermanos Romero 1962 en el Oro

    Yo la veía que pertenecía a otra generación, pues ella ya era una adolescente y le gustaba escuchar a los cantantes de moda, como Alberto Vázquez con su canción «Olvídame», y a Enrique Guzmán y Rocío Dúrcal con la canción «Acompáñame».

    Ella me llamaba «Gucho», como derivación de «Güicho», como siempre me llamó mi abuela Mariquita.

    Recuerdo que en 1975 iba yo en tercer año de secundaria, era temporada de los exámenes semestrales. Al día siguiente tendría el de Historia Universal. Pensé: «Me da tiempo de estudiar antes de la boda de Betty, que sería esa noche».

    Cuál sería mi sorpresa que llegué a casa como a las dos de la tarde y mi papá me dice: «¡Arréglate, que estamos por salir ya para la boda de Betty!».

    Nosotros vivíamos en el sur, en la Campestre Churubusco. La fiesta fue en el Club de Golf La Hacienda, a 40 km de distancia, atravesando toda la ciudad a una velocidad muy lenta.

    Fuimos a su boda y yo lleno de angustia porque no pude estudiar nada antes de mi examen. Yo tenía catorce años, Betty veintidós y Alfonso, su esposo, treinta y cuatro.

    Recuerdo que el conjunto musical, en algún momento durante la fiesta, cuando todo el mundo estaba bailando, anuncia que los músicos se habían ido y que lo que se escuchaba era solo una grabación. Efectivamente, los músicos se habían retirado del escenario; solamente había sido una broma para animar la fiesta.

    La vida siguió. Betty se había mudado aún más lejos, hacia el norte. Tuvo dos hijos, Andrés y Diego, a quienes he visto en muy pocas ocasiones. Los dos son muy altos y sé que Andrés es muy inteligente.

    Había escuchado que económicamente su familia no estaba bien, pero que siempre, de alguna forma, salían adelante.

    Pasaron los años. En marzo de 1994 fue nuestra boda. Al terminar la ceremonia había mucha gente en la plaza de la Iglesia de Santo Tomás Moro, al sur de la ciudad.

    De repente, entre la gente veo a Betty que se acerca y me dice: «Gucho, solo quise venir a la iglesia y darte tu regalo». Envueltos en una servilleta simple de papel, común y corriente, ¡están tres cuchillos sencillos de cocina!

    ¡Nunca me imaginé que tanto amor y cariño pudieran estar envueltos en una servilleta!

    Betty falleció en 2021, en la época de la pandemia.

    P. D. Sí pasé mi examen de Historia Universal.

  • Tanto mi papá como mi mamá son originarios del pueblo de El Oro, Estado de México. Este pueblo se encuentra ubicado a 160 km de la Ciudad de México. Tiene la característica de que fue un centro minero muy importante de extracción de oro, inicialmente por compañías inglesas en 1820.

    El “boom” de este lugar sucedió de 1896 a 1925, cuando una empresa, El Oro Mining and Railway Company, con capital inglés y estadounidense, explotó una de las vetas más productivas del mundo en su época. Las líneas telefónicas y la electricidad llegaron antes que a muchas otras ciudades del país, así como la línea ferroviaria más larga del país.

    La situación económica tanto de la familia de mi papá como de la de mi mamá fue bastante humilde durante sus infancias. «Algún día voy a ganar más dinero para poder comer hartos frijoles», diría mi papá a su mamá de niño.

    El Oro tiene un lago artificial formado por la presa Brockman, construida en la misma época. El lugar ha sido por muchos años un sitio ideal para hacer día de campo y pasar tiempo en familia.

    Cuando mi papá era muy pequeño, desde la presa Brockman observaba a lo lejos y se preguntaba: «¿Qué hay detrás de todos esos cerros?»

    Con mi papá Presa Brockman 1962
    Mavi, Beti, Martha, Héctor y Pancho en la presa Brockman

    Fast forward: a principios de los años 60, mis papás se encuentran viajando por varias ciudades de los Estados Unidos. En las fotografías, frecuentemente mi mamá salía con un “trajecito rosa”, un traje que era la moda impuesta por Jacqueline Kennedy.

    En 1963 van por primera vez a Europa. Hay algunas fotografías en Alemania, junto al río Rin, muy características. Federico y yo visitamos ese mismo lugar en 1982 y, más tarde, en 2019, llevaría a mis hijas como homenaje al recuerdo de esa experiencia.

    Colisión cultural, 1966

    En 1966, en Las Vegas, mis papás van a un show. Hay mesas pequeñas en las que caben pocas personas. Mi mamá, accidentalmente, tira un vaso de agua y moja a una señora joven que estaba en la mesa con su pareja, sensiblemente mayor que ella.

    Se disculpan por el incidente y empiezan a conversar. Termina el show y John Boudreau y su esposa Karlon los invitan a ir a su cuarto a tomar una copa, y así nace una gran amistad. Los invitan a ir a Los Ángeles, a su casa. Estando allí les proponen ir a Disneylandia, pero mi mamá dice que prefiere ir con toda la familia. Por eso, en 1967 fue que fuimos toda la familia por primera vez allí.

    John Boudreau y Karlon presentaron a mis papás con su grupo numeroso de amigos; conocieron a muchas parejas. Resultaron visitas muy frecuentes a Los Ángeles. John era un gran anfitrión: ponía, literalmente, una alfombra roja larga en la entrada cuando mis papás llegaban a su casa.

    En una ocasión en que llegaron a un hotel, John, sin que se dieran cuenta, sacó todas sus cosas y los mudó a su casa; tenían prohibido no hospedarse con ellos.

    Karlon y mi mamá 1967

    John Boudreau era un músico destacado; era el director de la banda de los Los Angeles Rams y había compuesto la marcha oficial del equipo. En 1967 nos invitaron a ver un juego de fútbol americano desde la banca.

    Francisco, mi hermano, fue invitado como director de la orquesta a tocar durante el medio tiempo. Esto fue en el estadio Los Angeles Memorial Coliseum. John le dio instrucciones: «Sólo haz como que estás dirigiendo; mis muchachos ya saben lo que tienen que hacer».

    Yo no entendía absolutamente nada del juego. Tenía seis años. Recuerdo que, al estar sentado en la banca, mis pies no alcanzaban el suelo.

    Empezaron a pasar enfrente de nosotros las bastoneras de los Rams, lo que más tarde serían las porristas. Iban vestidas de forma muy llamativa, pero con mucha más ropa de la que hoy se acostumbra. Con claridad recuerdo que pensé: «No sé por qué, pero esto me gusta».

    En 1968 Francisco se queda unos días en casa de John y Karlon. Karlon era una señora joven, muy guapa, a la que le gustaba siempre estar muy arreglada. Francisco tenía 14 años; a veces bromeo con él que seguro pensaba en la película El verano del 42.

    Era la época de toda la música de finales de los 60 en California: la onda hippie, “love and peace”, todos los grupos musicales que se volvieron clásicos de esa época. En casa empezamos a escuchar a The Mamas & the Papas, The Doors, Creedence Clearwater Revival, Carole King, así como Dionne Warwik – Do You Know the Way to San Jose

    El soundtrack de nuestras vidas se modificó completamente; es por eso que para mí la música de Burt Bacharach es particularmente muy significativa.

    Toda esa época la vivimos en la familia cuando estaba sucediendo; no fue algo que conociéramos años más tarde.

    En 1970 hubo una segunda ola de impacto cultural, cuando mis papás se fueron a Europa con mis hermanos mayores y, en una grabadora de casetes, trajeron consigo la ola europea: música de Shocking Blue con “Venus” y canciones de Tom Jones. La música, las imágenes, nuevas perspectivas de un mundo más amplio, un mundo con mayores posibilidades.

    Mis padres salieron de su pueblito. Yo me llegué a preguntar si yo también tenía que salir de mi “pueblito”. Hoy vivimos en Houston; Carolina y Cristina, en Austin, Texas, y Javi, en Sídney, Australia.

    Tengo un sobrino que vive en California y una sobrina en Holanda. Mis hermanos y nuestros hijos hemos viajado mucho y conocido muchas ciudades del mundo, y sí: existían muchas cosas más allá, detrás de esos cerros que mi papá se atrevió a explorar.

  • Alrededor de 2009, un día vi que mis hijas estaban viendo un programa de televisión que se llamaba Bridezillas, un programa de muy baja calidad, con situaciones extremas y de muy mal gusto. Pensé que era una muy mala influencia para ellas y decidí cancelar el servicio de televisión por cable.

    A partir de ese año ya no tuvimos servicio de cable en casa. Creo que fue una muy buena decisión; también nos desintoxicamos de tantos comerciales cuyo nivel intelectual, en su mayoría, me parecía bajo.

    Sin embargo, uno de los pocos programas que realmente me gustaba era el programa dominical Global Public Square (GPS), de Fareed Zakaria, un periodista con un punto de vista muy equilibrado sobre los acontecimientos mundiales, así como sobre temas de innovación.

    Fareed Zakaria ha ganado tres premios Emmy por su trabajo en televisión. Volodímir Zelenski, el presidente de Ucrania, le otorgó la Orden al Mérito en 2022. Ha entrevistado a muchos presidentes, incluyendo a Obama; también entrevistó al Dalái Lama, al presidente iraní Hasán Rohaní y a muchas otras personalidades del mundo, tanto políticas como de negocios.

    Al cancelar el servicio de cable yo no podía ver su programa y, afortunadamente, de manera muy innovadora para ese año, su programa estaba disponible en streaming por internet por una pequeña cuota mensual. Así fue como pude seguir viéndolo.

    En el verano de 2019 nos fuimos a Europa con Cristina y Carolina; Javi no pudo acompañarnos en esa ocasión, desafortunadamente.

    Estando en París, fuimos a visitar Sainte-Chapelle, la capilla real muy cerca de la iglesia de Notre-Dame. Sainte-Chapelle es una capilla relativamente pequeña cuyas paredes son, básicamente, de vidrio en color azul oscuro, rojos y muchas otras tonalidades. Fue construida en el siglo XIII.

    Subimos unas escaleras muy angostas para llegar al primer piso y poder ver los ventanales, que son realmente impresionantes. En eso volteo y digo: «Hey, Fareed, how are you doing?».

    Fareed voltea y contesta: «Hey, how are you?». Me acerqué a saludarlo; me extendió la mano y le comenté que su trabajo era admirable, que era un gran profesional.

    Me agradeció mucho y vi que Carolina estaba sorprendida, pues no sabía quién era ni qué estaba pasando.

    ¡Por supuesto nos tomamos la foto de rigor! La gente alrededor empezó a notar el evento y a reconocer de quién se trataba; recibió varias felicitaciones, pero solo yo me tomé la foto.

    Mis hijas me preguntaron: «¿Quién es ese señor?».

    —Es un amigo que tenía tiempo de no verlo— les contesté.

  • Ciclo completo en 2012

    Año 2012. Me encontraba en el Stanford Mall, el centro comercial que está junto a la Universidad de Stanford, en Palo Alto, California. Me estaba tomando un Mocha Frappuccino en Starbucks cuando recibí un mensaje de María José García Gómez por WhatsApp, mi ex-compañera de la Universidad Panamericana, donde estudié ingeniería industrial de agosto de 1979 a diciembre de 1983.

    Yo no tengo contacto continuo con María José. Mi generación fue la primera de ingeniería y el grupo fue pequeño: unas 17 personas aproximadamente. Fuimos los mismos compañeros durante toda la carrera. Su mensaje me había sorprendido.

    En realidad, no hice grandes amistades en la universidad, con la excepción de Rafael Matute, de quien ya les contaré en otro momento.

    El caso es que, al terminar la universidad, a muchos de mis compañeros no los volví a ver. Hoy, en 2026, cuatro de ellos ya fallecieron.

    —¿Cómo estás, Luis Enrique? ¿Qué haces? —me preguntó María José.
    Le dije que había ido a tomar un curso.
    —Ah, ¿sigues trabajando en Hewlett Packard?
    —Sí, pero en esta ocasión vine a Palo Alto por mi propia iniciativa.

    En eso me di cuenta de que, desde donde estaba tomándome el café, podía ver la Universidad de Stanford, y me pareció un momento realmente espectacular.

    —María José —le dije—, ¿no te parece increíble que me hayas contactado hoy, precisamente cuando estoy aquí?

    Hewlett Packard Mexicana fue abierta en 1966 por Vicente García-Aracil, el papá de María José, coincidentemente. Vicente García-Aracil concluyó su doctorado en Stanford en 1959. Cuando Bill y Dave quisieron abrir operaciones en México y después en Latinoamérica, recurrieron a la lista de ex-alumnos, Bill Hewlett lo contactó.

    En Palo Alto hay un monumento en el garaje de la casa donde Hewlett y Packard fundaron su empresa, y se reconoce como el nacimiento de Silicon Valley, el valle de la tecnología de los Estados Unidos.

    Garage y Placa del Nacimiento de Silicon Valley

    Hewlett Packard Mexicana creció desde una operación pequeña en 1966 hasta una operación de miles de millones de dólares en la región.

    Para iniciar operaciones en Latinoamérica, Vicente García-Aracil rentó un barco y lo adaptó con una sala de demostración de los equipos de HP, llevándolo a diversos puertos por toda la región, incluso a Brasil.

    Como dato curioso Bill Hewlett cenó en casa de María José durante su visita de evaluación de la idea de abrir oficinas en México.

    Revista Measure Hp Diciembre 1966

    Se menciona la renta del barco

    El ciclo completo: en los años 60, Vicente García-Aracil conoce a Bill y Dave; en 1966, Vicente García-Aracil funda Hewlett Packard Mexicana; en 1979, su hija ingresa a la Universidad Panamericana; en 1984, yo ingreso a HP; en 2012, estoy en el Stanford Mall tomándome un café… ¡y ese día precisamente María José me pregunta qué estoy haciendo!

    ¿Una gran coincidencia? Tal vez, aunque en mi vida he tenido varias grandes coincidencias difíciles de explicar.

    Un círculo completo se cumplía: yo estaba en Palo Alto tomando un café porque un día allí, 48 años antes, Vicente conocería a Bill y Dave.

  • Se los manda Fidel

    Año 1970. Plaza Universidad, el centro comercial en la Ciudad de México, había sido recientemente inaugurado. Fue una de las primeras plazas de la ciudad y tenía la característica de ser un formato abierto en el que podías caminar rodeado de jardines y algunas fuentes.

    La cantidad de gente que veías en los lugares públicos era mucho menor a la que hoy ves, ya que la población de toda la ciudad era de 8.5 millones de personas, comparado con los 23 millones del área metropolitana en 2026.

    Un día fuimos al cine al “Cinema El Dorado 70”, de formato moderno, con capacidad de 1,300 personas y ubicado en la plaza. La salida del cine daba a una zona en la que había un pequeño negocio de tacos al carbón: se llamaba “Las Campanas”.

    —¿Un taquito? —comentó mi papá.

    Entramos y pedimos la especialidad de la casa: tacos de bistec que costaban un peso. Consumimos cualquier cantidad de tacos entre toda la familia.

    Empezamos a ir con más frecuencia a este cine. La verdad, creo que algunas veces disfrutábamos más la experiencia de comer tacos al terminar la película que la película misma. Fuimos muchas veces.

    Pasaron los años. Mi papá se hizo amigo de Federico Roldán, un señor bonachón con sus hijos pequeños también, quien alguna vez nos invitó a su casa en Cuernavaca a nadar. Recuerdo que, junto a la alberca, se acercó a mí y me dijo:

    —No sabes cuánto quiero a tu papá.

    Federico Roldán murió muy joven de cáncer. Mary, su esposa, siguió siendo amiga de mi mamá por muchos años.

    Federico había creado una cadena de tacos llamada “Los Cocoteros”; había varias sucursales por la ciudad y Mary era la administradora del negocio. Nosotros frecuentábamos la sucursal que quedaba en la calle de División del Norte.

    Un día, en este lugar, nos sentamos a la mesa y ordenamos nuestra comida. De repente llega una charola muy grande llena de tacos de bistec; nosotros no la habíamos ordenado. El mesero dice:

    —¡Se l0s manda Fidel!

    Fidel era el cocinero de “Las Campanas” que siempre nos había atendido al salir del cine. Volteamos y Fidel, con su atuendo de cocinero y las palas de cocinar en mano, nos hace una señal de saludo con una gran sonrisa.

  • Una botella de champagne

    Para ingresar al primer grado del Instituto México primaria en 1967, uno de los requisitos era leer por lo menos ciento veinte palabras por minuto. Recuerdo cómo mi mamá me preparó para el examen de admisión haciéndome leer historias de un libro para niños. En una ocasión se rió mucho porque, al tratar de leer rápidamente, leí «Tengo una vaca manzana» en vez de «Tengo una vaca mansa».

    Llegó el día y fuimos al Instituto, ubicado en la calle de Amores 1317, en la colonia del Valle, en México, D. F., como se le conocía entonces a la Ciudad de México. Fui admitido. Los grupos eran de 60 alumnos. Como alumnos teníamos la costumbre, entre nosotros, de no llamarnos por nuestros nombres, sino por nuestro número de lista. En segundo grado recuerdo que yo era el «54».

    En ese año, una tarde llegó mi papá con una serie de libros ilustrados de formato grande que hablaban del futuro en el espacio, escritos por Willy Ley, un escritor alemán de ciencia que ya hablaba del futuro espacial en 1920. En estos libros, recuerdo, hablaban de estaciones espaciales, transbordadores y ciudades enteras en el espacio.

    Publicado en 1957

    Me parecieron sumamente interesantes y generaron en mí afición por el tema espacial. Años después, mi mamá me comentó que el origen de todo esto había sido que un día mi papá le dijo:
    —Luis piensa diferente; piensa de una manera especial.
    Entonces ella le habría sugerido buscar libros que me pudieran ser útiles.

    Publicado en 1958

    Mi cumpleaños es el 14 de julio. En casa siempre nos festejaban de una u otra manera, y me sorprendía que mi festejo durara poco tiempo, porque a los pocos días se festejaba el de mi hermana Mavi, que es el 17 de julio. Yo recientemente había cumplido ocho años, estábamos ya en 1969.

    En fin, a los pocos días iba a haber un evento especial por televisión, pero lo transmitirían en la madrugada, por lo que acordamos todos irnos a descansar temprano a nuestras recámaras por la tarde para poder estar despiertos durante la transmisión. Después cambió de planes: la transmisión se había adelantado.

    Nos reunimos todos en el cuarto de televisión, muy atentos a lo que estaba pasando. Gracias a las lecturas de Willy Ley, sabía muy bien lo que estaba sucediendo.

    Alrededor de las once de la noche escuchamos las frases históricas:


    —Tranquility Base here. The Eagle has landed.
    —That’s one small step for man, one giant leap for mankind.


    ¡El primer hombre en la Luna ya no era ciencia ficción: era una realidad!

    Mi papá, visiblemente emocionado, bajó por una botella de champagne, la abrió y brindamos.
    Después mi mamá nos hizo firmar a todos en un papel en blanco, el cual recortó y pegó en la botella como recuerdo.

    Era el 20 de Julio de 1969.

  • A principios de los años 70, mis papás descubrieron la isla de Cozumel como destino para nuestras vacaciones familiares. Viajábamos muchas veces en los Boeing 727 de Mexicana, que siempre tenían música ambiental de Juan Torres, el famoso organista mexicano.

    Cozumel era literalmente el paraíso: las mejores playas del mundo. Playas con colores turquesa de varios tonos y arena muy blanca. Recuerdo que alguien aquí en Houston me comentó que sus padres literalmente conocían todo el mundo y que pensaban que no había mejores playas que las de esa isla.

    En aquel entonces había muy pocas construcciones. El centro era pequeño, con un par de tiendas que ofrecían productos de muchos lados del mundo, ya que era un puerto libre: se podían importar productos de cualquier lugar del mundo sin pagar impuestos. Este sistema servía para que la isla pudiera tener suministros que el país no podía proporcionar por estar tan apartada de los centros económicos.

    Valga decir que era el parque de diversiones de mi mamá, quien se pasaba muchas horas comprando artículos para la casa. Literalmente no podíamos sacarla de “La Bodega del Teniente”, su tienda favorita.

    Cozumel Caribe era el nombre del hotel al que llegábamos: un hotel de dos pisos junto a una playa aislada e inmejorable. Allí rentaban unas lanchas individuales de motor a las que llamaban “Los Broncos”. Eran los precursores de los jet ski.

    A mí me gustaba mucho ir también porque me dejaban manejar, a pesar de mi edad, una motocicleta Honda. Ir por las veredas no pavimentadas, rodeado de vegetación, con los sonidos de los pájaros, los insectos de la zona y el motor, era lo máximo.

    Un día tomamos un tour que consistía en abordar un pequeño barco que hacía un recorrido hasta el otro lado de la isla. En aquel entonces no había caminos para llegar fácilmente: había que rodear toda la isla, lo cual tomaba tiempo, además de que no había nada en el camino.

    El barco navegaba con una tripulación de tres o cuatro personas. Una vez alejados de la zona hotelera, un par de ellos brincaban al mar con equipo de buceo y arpones, pescaban una gran variedad de peces y también extraían caracoles de mar, que iban poniendo en cubierta.

    Con la pesca a bordo, el barquito continuaba su recorrido hasta llegar al otro lado de la isla. Una vez allí, nos llevaban a la playa en un bote pequeño, ayudados con una cuerda atada a la orilla. En la playa había una palapa grande donde una señora tenía el fuego listo y hacía tortillas a mano. Más tarde comeríamos todo lo que habían pescado: más fresco no podía ser.

    Mientras cocinaban la comida, tomaba mi snorkel e iba a la orilla de la playa a ver los erizos de mar. Con una varita se los acercaba a los peces de todos colores que se podían ver. Los peces iban quitando una por una las espinas del erizo hasta que quedaba indefenso y entonces, entre todos, se lo comían completo.

    Comimos todos juntos: la tripulación, mi familia y la familia de la señora, quien tenía dos hijos más o menos de mi edad y de la de Federico. Teníamos una gran vista al mar y kilómetros de playas totalmente desiertas, llenas de palmeras.

    Llegó la hora de regresar. Nos subimos al pequeño bote y, con la cuerda, lo fueron desplazando hacia el barquito. Los hijos de la señora iban brincando y nadando junto al bote hasta que, poco a poco, nos empezamos a alejar de ellos.

    Mi papá me dice:
    —¿A poco crees que ellos no son felices?
    Luego me dice:
    —¡Quítate tu playera!
    Lo mismo le dice a Federico, mi hermano:
    —¡Aviéntenlas pronto!

    Nos íbamos alejando. Hice una bola con mi playera y se las aventé. Tuve que pensar rápido. Por un instante no supe qué estaba pasando; cuando lo comprendí, me sentí bien. Fue la primera vez en que intuí que existía una complejidad social de la que no estaba al tanto.

  • En el verano de 1970, mis papás se fueron de viaje a Europa con mis tres hermanos mayores: Francisco, Mavi y Martha. Nos dejaron a los otros cuatro hermanos en casa, encargados con mis dos abuelas: Mariquita y Toya. En la casa también estaba Mago (Margarita Vega Nieves), nuestra muchacha de servicio; además, todos los días venía a trabajar Miguel (Michael García Cruz). Tanto Mago como Miguel trabajaron muchos años con nosotros.

    La verdad, no sé cómo sobrevivimos los que nos quedamos. El viaje duró alrededor de dos meses; visitaron múltiples ciudades y con bastante lujo. Imagínate a cuatro niños con dos abuelas. En general nos portábamos bastante bien, pero había otros que era todo un desastre; las pobres abuelas a veces no sabían qué hacer.

    En retrospectiva, creo que fue el mejor viaje de la vida de mis papás: una época en donde mi papá cosechaba los frutos de tanto esfuerzo y sus hijos mayores, en la adolescencia, un buen “milestone” en sus vidas.

    Como momento curioso, un día estaba viendo la televisión y, de repente, me acordé de mi hermana Martha. Pensé: «Hace mucho que no la veo». ¡Martha, Martha! Empecé a gritar por la casa buscándola hasta que me acordé de que estaba de viaje.

    En aquellos años era costumbre enviar tarjetas postales desde los lugares que visitabas durante tus vacaciones. En cada ciudad te las vendían; normalmente contenían fotografías del lugar de muy buena calidad, lo que las hacía muy atractivas tanto para enviarlas como para coleccionarlas.

    Con los días empezaron a llegar las tarjetas postales de los distintos lugares que iban visitando; mostraban lugares totalmente diferentes a lo que hasta entonces conocíamos. Tienes que recordar que no existían las computadoras en las casas ni Internet.

    Un día llega una postal en donde mis hermanos escriben: «Con la noticia de que mi papá acaba de comprarnos esta nueva casa en Europa; está muy bonita, nos vemos pronto».

    Yo tenía nueve años; Lupe, once; Federico, seis, y Alejandra, cinco. Veíamos la fotografía y no lo podíamos creer.

    Nos toca la hora de la comida y el diálogo fue algo así, más o menos:
    — ¿Crees que realmente compró esa casa mi papá?
    — No sé, es posible…
    — A mí me gusta mucho esta casa en donde vivimos…
    — ¿Nos vamos a tener que mudar?

    En fin, continuamos con nuestra rutina diaria con la duda en mente.

    Esta es la casa que mostraba la tarjeta postal:

    Palacio de Schönbrunn en Vienna Austria
  • No recuerdo con exactitud la fecha; pienso que sería alrededor de 2007-2008. Platicaba con mis amigos “Los Hormigueros” (1) —Claudio Prudhomme, Isidro y Arturo Díaz— sobre los viajes familiares, la planeación necesaria y cómo hacer un presupuesto de manera realista.

    Les decíamos “Los Hormigueros” porque así se llamaba el estudio de diseño gráfico e industrial que tenían cuando los conocimos en 1994. En aquel entonces nos habían ayudado a realizar un proyecto a Francisco y a mí, que ya les contaré en otra ocasión.

    El tema es que les comenté algo así como esto, más o menos: «Tomas el costo del hotel, luego tomas el costo de los boletos de avión, después el costo de las comidas y, cuando ya tienes el total, le sumas medio tanto más y eso es lo que te vas a gastar».

    —¡No, no puede ser! —Sí, sí lo es —les dije—. Cada viaje tiene una serie de gastos asociados que no están contemplados en el presupuesto original. Era casi la regla de los “huarachitos” y los extras.

    «¡Los huarachitos me salen más caros que el viaje!», así decía mi papá cuando íbamos a salir a Acapulco. Mi mamá nos llevaba a comprar huaraches, ropa de playa, accesorios, etc., lo que implicaba un gasto importante antes de salir.

    El caso fue que empecé a enumerar todos los gastos extras en los que incurres en un viaje con tu familia y tus hijos pequeños. Continué: «Después de todos estos gastos, cuando piensas que ya llevas una buena cantidad gastada, te encuentras en el lugar más turístico que pudiste encontrar y… ¿qué crees? Hay un carrito de helados carísimos y tus hijos van a decir, por supuesto:

    —¿Me compras un helado? —¿Qué, les vas a decir que no?».

    Hoy en día, mis amigos los Hormigueros me comentan que en cada viaje que hicieron no pudieron evitar recordarme, ya que sus hijos siempre hicieron la pregunta obligada: «¿Me compras un helado?».

    P.S. Mi hermana Mavi apuntó una frase que también decía mi papá que resume este artículo con otras palabras:

    Cuando salgas de viaje con la familia: «Sacar la mitad de la ropa y llevar el doble del dinero».

    (1) Socios fundadores: Claudio Prudhomme, Arturo Díaz y Francisco Pellat

  • En 2006, Jesús Varela, mi amigo de Houston, me invitó a jugar golf a su club ubicado en The Woodlands, un desarrollo situado al norte de la ciudad.

    Jesús es un excelente jugador y un gran aficionado de este deporte. Originario de Venezuela, había migrado a los Estados Unidos más o menos en las mismas fechas que nosotros, por allí de 2003.

    El club era Carlton Woods, el más prestigioso de toda la zona urbana. El campo signature fue diseñado nada más y nada menos que por Jack Nicklaus. Jack es considerado por muchos como el mejor jugador de golf de toda la historia. Tiger Woods, aunque fue un extraordinario jugador, no pudo alcanzar el mismo número de victorias en torneos importantes.

    Las instalaciones del club son muy grandes y de gran lujo, con un estilo marcadamente texano. Es un lugar muy exclusivo; mi padre habría dicho: «Aquí se palpa la pobreza». Te podría asegurar que muchos de los socios son millonarios cuyos ingresos tuvieron que ver con el petróleo, la principal industria de Houston.

    A diferencia de otros lugares, aquí hay muchos empleados, tanto para recibirte con tu equipo desde el estacionamiento hasta en el clubhouse y el restaurante.

    Salimos a jugar. El campo era auténticamente de otro nivel: los paisajes, increíbles, y las condiciones de juego, inmejorables.

    Hoyo número 12, un par tres (es decir, está diseñado para hacerlo en tres golpes si te va bien). La bandera estaba ubicada a 162 yardas de distancia. Tomo el fierro número 6, hago el swing y sale un tiro con muy buena forma. Veo que la bola cae en el green y empieza a rodar. Quito la vista para recoger mi tee.

    Jesús grita: «¡Se metió, se metió!». ¡Había hecho un hole in one!

    Jesús, como gran aficionado que es, marcó con su celular a la casa club y pidió que un marshal viniera a validar mi hoyo en uno. Esto es porque es necesario tener testigos para hacerlo oficial.

    Los marshals son un grupo de personas que van patrullando constantemente el campo para asegurar que todo fluya bien. Son la autoridad dentro del campo. Llegó el marshal, validó que mi bola estaba en el hoyo y Jesús afirmó ser testigo del evento.

    Terminamos de jugar y fuimos a sentarnos al restaurante. Había cierta conmoción en el ambiente. Se acerca el gerente del club a nuestra mesa y Jesús le instruye:

    —Tienen que poner el nombre de mi amigo en la placa del club, publicarlo en la revista y hacerle el trofeo de reconocimiento, que es costumbre en estas ocasiones.

    Podíamos percibir que había desconcierto, pero no entendíamos por qué. Después de muchas vueltas, el gerente del club, visiblemente nervioso y con dificultad para articular palabra, nos dice:
    —Sí reconocemos que el señor hizo un hoyo en uno, y sí le haremos un trofeo, pero desafortunadamente no vamos a ponerlo en la placa del club ni lo vamos a publicar porque el señor Romero no es socio del club.

    Jesús estaba molesto. Nos quedamos más tiempo en el restaurante y le comenté:
    —Mira, Jesús, me apellido Romero, tú Varela. Yo no soy socio. Mira a los tipos que están en las otras mesas. Estamos en el Club de los Búfalos Mojados de Woodlands. No van a permitir que el primer hole in one del Signature Golf Course de Jack Nicklaus en The Carlton Woods Golf Club lleve mi nombre.


    Jesús se aseguró de que mi trofeo fuera elaborado por el club y él pagó su costo. Siempre voy a recordar este detalle.

  • En 2001 llegué al pueblo de Böblingen, en Alemania, ubicado relativamente cerca de Stuttgart. Esta zona es conocida porque hay muchas empresas relacionadas con la industria automotriz. De hecho, la fábrica principal de Porsche está ubicada allí.

    Un detalle del aeropuerto de Stuttgart que me llamó la atención fue que los camiones que remolcan los aviones en la pista eran de un diseño muy avanzado; parecían ser como los que verías en la serie OVNI de los años 70, con tintes futuristas.

    Llegué por la tarde a un hotel pintoresco con típica arquitectura alemana. El hotel tenía una alberca. Nadé un poco para relajarme, cené algo ligero y me fui a dormir.

    Al día siguiente me vestí de traje y corbata. En aquel tiempo necesitaba un portafolio un poco voluminoso para llevar mi laptop, ya que las computadoras eran más pesadas. También era un hecho que visitar una empresa requería mucho más formalidad de lo que hoy se acostumbra.

    Afuera del hotel hay un taxi. Los taxis en los hoteles tienen mejor nivel que los que normalmente encontrarías en la calle. Me subo al taxi, saludo al chofer. Sé suficiente alemán para mantener una conversación sencilla..

    El chofer arranca el coche y entra a la autopista a toda velocidad. Le pregunto: «¿A dónde vas?». Me contesta: «¡Vamos a la fábrica por tu Mercedes-Benz!».

    —Yo voy a las oficinas de Hewlett-Packard —le dije.
    —¡Ah! —me contesta—. Por la forma en que vienes vestido, estaba seguro de que venías a recoger tu nuevo Mercedes. Hay muchas personas como tú que vienen de toda Europa y que no quieren que nadie más maneje su coche nuevo.

    Aquí recoges tu nuevo Mercedes-Benz

  • Muy Cerca de Steve Jobs

    Alrededor de 2005, un día por la tarde, pensé que no estaba aprovechando mi tiempo y me propuse ponerme estudiar aquellos temas de mi interés a mayor profundidad.

    Me puse a estudiar a fondo aquel libro de estadística cuyo formato me parecía muy atractivo, que tenía en el librero y que nunca me habían explicado bien durante mi tiempo en la universidad.

    Así un tema me llevó a otro, de tal suerte que empecé a inscribirme a cursos en universidades asistiendo en los veranos.

    Uno de esos temas es la Innovación. Leí muchos libros sobre el tema y, en 2012, me inscribí a un curso de innovación de «Design Thinking» en Stanford, en Palo Alto California.

    Estaba muy familiarizado con Palo Alto en California porque allí era la sede de Hewlett-Packard, empresa en la que había trabajado desde 1984 y que por diversos motivos habría visitado ya en varias ocasiones.

    El fundador y director de la escuela de innovación y «Design Thinking» de Stanford es David Kelley, quien nos dio varias pláticas y tuve la oportunidad de conversar varias veces durante mi estancia allí.

    -¿En donde trabajas?- me preguntó. Le comenté que en Hewlett-Packard pero que asistía por mi propia iniciativa.

    – ¡Ah! Hp es una gran empresa. Cuando fundé mi empresa de diseño IDEO todo los conceptos de administración y recursos humanos los modelé de acuerdo a sus principios. Realmente son fuera de serie.

    Continuó su conversación:

    – Sabes, Steve Jobs era mi amigo, de hecho yo le diseñé el primer mouse para su computadora Macintosh. Éramos muy cercanos: me hablaba a cualquier hora del día o de la noche para compartirme lo que estaba pensando y preguntarme si le podía ayudar en algo. De hecho, él me presentó a mi esposa.

    – Mira – , continuó – ves esta cicatriz aquí en mi garganta. Es que me dió cancer y estuve muy malo, estando en el hospital, Steve me fue a visitar, yo creo que pensaba que me iba a morir, de repente saca del bolsillo de su pantalón un aparato y me dice: «Este producto los vamos a lanzar pronto quiero que lo conozcas». ¡Era el iPhone! –

    Se dice que estamos conectados a cualquier otra persona en el mundo a sólo seis pasos; es decir, con una cadena de hasta seis amigos: el amigo que conoce a otro amigo etc.

    Steve Jobs y yo estábamos conectados a través de una sola persona entre nosotros, lo que me parecía fascinante, ¡Pero no era la primera vez!

    En 1985 fui por primera vez de trabajo a Palo Alto California, Hewlett-Packard tenía una división llamada INTERCON, ubicada en la dirección: 3475 Deer Creek Rd. era el área que se encargaba de las operaciones internacionales. En un «Coffee Break» camino por los pasillos, me asomo por la ventana y veo que este edificio comparte el estacionamiento con otra empresa, esta empresa era NexT.

    NexT fue la empresa que Steve Jobs fundó cuando lo corrieron de Apple de su propia empresa. Así que él estaba trabajando su siguiente proyecto a un lado de donde yo estaba. NexT diseño el software, el sistema operativo que hoy todas las Macs de Apple usan, esto fue porque un par de años después Steve Jobs regresó a Apple.

    Curiosamente Tesla hoy tiene oficinas en la misma a dirección 3475 Deer Creek Rd.

    ¡Dos ocasiones en donde estuve muy cerca de Steve Jobs!

  • En 1969 mis padres me inscribieron a la Liga de Beisbol Olmeca, por influencia de sus amigos los señores Mann; Alfonso y Maria Elena, su hijo Alfonso ya jugaba allí. Mi padre fue muy aficionado al «Beis» de joven y le causaba mucho entusiasmo que yo fuera a jugar.

    La liga estaba ubicada entre Av. Universidad y Miguel Angel de Quevedo en el sur de la Ciudad de México, poco tiempo después fue reubicada en una zona conocida como La Barranca del Muerto.

    Yo no tenía idea alguna de qué se trataba el juego, al principio me causaba angustia no saber qué hacer y además no ayudaba mucho que mis compañeros me hacían burla cada vez que iba mi turno al bat gritaban; «Romeo y Julieta», por mi apellido Romero, a los 8 años todo esto me provocaba confusión.

    Mi posición en el equipo era left fielder, porque en las ligas menores , a esa edad, la probabilidad de que llegara la bola al left field era prácticamente nula, en otras palabras era la posición para el peor jugador de todo el equipo. Por supuesto también tenía el noveno turno al bat, por la misma razón!

    Pasaron los años y fui creciendo, en 1973 ya era el cuarto turno al bat, es decir para el mejor bateador del equipo y jugaba la posición de catcher en la que destaqué tanto que ningún manager (así les llamábamos) me dejó cambiar de posición.

    Mi porcentaje de bateo era muy bueno y cada vez me divertía más por que veía el impacto que tenía en los resultados del equipo así como el reconocimiento de mis compañeros y sus papás.

    Un día llego al equipo David Braverman, un compañero realmente muy entusiasta, ponía un gran empeño en cada momento, participaba en todo y era muy bueno jugando. Fue la primera vez que identifiqué que se puede ser especial, tenía toda mi admiración. Jugaba tan bien que el manager nos puso a concursar para ver si me reemplazaba como catcher, nunca había vivido una competencia tan directa, afortunadamente durante las pruebas tuve mejor desempeño que él pero reconozco que no fue por mucho.

    Nos disputábamos continuamente entre él y yo el mejor porcentaje de bateo de la división, cada semana se publicaban los resultados, llegábamos corriendo a revisar el pizarrón de avisos y validar quién era el líder. A pesar de mi buen desempeño nunca había podido «volar la barda» es decir hacer un Home Run auténtico.

    Un día soleado, en el campo que tenía una vista a las paredes de la barranca, estando al bat, el pitcher me lanza una bola muy rápida, hago el swing y veo como la bola sale del campo! , como coach de primera base estaba David Braverman, al pasar corriendo me grita dando de brincos «te la volaste, te la volaste» estaba realmente contento, era mi gran amigo.

    Al pasar los años ocasionalmente me preguntaba que habría sido de David, un día en 2023 más o menos, veo a un comentarista de deportes en televisión, su nombre David Braverman y estaba comentado sobre juegos de beisbol, tenía que ser él.

    Conseguí su email y le escribí, me confirmó que sí era él, me mencionó el nombre de muchos de nuestros compañeros, le compartí el recorte del boletín de la liga en donde se menciona que ese fin de semana tanto él como yo dimos de home run, así como la fotografía del equipo en donde estamos los dos. Me escribe; «me has sacado las lágrimas con tantos recuerdos, te agradezco tanto»

    Al leer con detenimiento veo que en ningún momento hace referencia a las experiencias mutuas y a pesar de la fotografía no hace comentario alguno sobre de ella.

    Han pasado casi 50 años y tristemente David no me recuerda…

    P.S. Al terminar de revisar este artículo busqué en internet y me he enterado que David murió en 2025 🙁

  • Alrededor de 1972 mi papá le compró una calculadora a mi hermano Francisco quien estudiaba ingeniería industrial en la Universidad Iberoamericana, todo mundo le decía simplemente la IBERO.

    La calculadora era la primera calculadora científica que podía hacer cálculos de trigonometría y varias operaciones matemáticas, era la HP 35 de Hewlett Packard, era lo más avanzado para su época, de tal suerte que hizo obsoleto el uso de la regla de cálculo, herramienta que todos los ingenieros utilizaron hasta ese año.

    Tenía mucha curiosidad en ver como funcionaba y me intrigaba saber para qué servían tantas operaciones, así que mientras estuve en la secundaria, por allí de 1975 la empecé a utilizar para resolver problemas de las clases de matemáticas. Una característica era que desplegaba muchos dígitos a la vez a diferencia de las calculadoras simples y comunes que solo mostraban dos decimales.

    Pasaba el tiempo el tiempo jugando con ella y observando los resultados de sus diferentes funciones un valor que me llamaba la atención era saber cuál era la raíz cuadrada del numero 2.

    HP-35

    En 1979 entré al tercer año de preparatoria, estudiaba en el Centro Universitario México, mejor conocido como el CUM, situado en la Colonia del Valle en la calle de Nicolás San Juan.

    Primer día de la clase de cálculo, en el CUM había mucho orden, los alumnos normalmente se comportaban bien y había un gran respeto a los profesores. El profesor inicia su clase y nos empieza a dar una sermón, un poco como para intimidarnos, porque íbamos a entrar el mundo del Cálculo Diferencial e Integral.

    Nos dice que somos ignorantes y que no estamos listos para esta clase, de repente señala un alumno al azar y le dice; dígame usted cuál es la raíz de 2?, el alumno se queda callado sin saber que decir, el profesor confirma; ven ustedes no están listos. Señala de nueva cuenta a otro alumno y pasa lo mismo, en eso me señala e insiste; cual es la raíz de 2? entonces le contesto: uno punto cuarenta y uno, cuarenta y dos, ciento treinta y cinco, sesenta y dos: 1.414213562 . Lo había memorizado años antes, hasta la fecha lo recuerdo.

    El grupo de 60 alumnos suelta una gran carcajada, el maestro sorprendido se pone rojo de la vergüenza y me contesta; muy buena, pero con 1.414 era más que suficiente, iniciemos la clase entonces!

  • ¡Una Super-Pelota!

    Pienso que fue mi cumpleaños número tres, es decir, esto fue en 1964. Mi papá me despertó y me dijo: hoy es tu cumpleaños qué quieres que te de de regalo? Inmediatamente pensé, quiero una super-pelota, seguramente porque había visto que mi hermano Pancho tenía una y me había gustado mucho ver como rebotaba en las paredes.

    La Super-Pelota era una pelota negra de caucho que era muy dura y muy pesada, tenía la característica que rebotaba mucho, el problema es que te podía golpear y lastimar, me parece que con el tiempo fueron descontinuadas por esa razón.

    En aquella época vivíamos en la colonia Prado Churubusco, en el sur de la Ciudad de México, en la calle de Escorpio que era del tipo que hoy se le llama «Cul de Sac», calle cerrada que terminaba en una glorieta con una palmera en medio. Junto a la casa había una pequeña tienda llamada «La Chamberí».

    Fuimos a la tienda y la dueña, que creo se llamaba Doña Tere, nos atendió y sí, si la tenía envuelta en una bolsa de plástico y un cartón engrapado con la marca del juguete.

    Adicionalmente mi papá le pidió unos dulces, así yo feliz. Ese es mi primer recuerdo de haber recibido mi regalo de cumpleaños. La verdad es uno de los primero recuerdos de mi Super Papá