A principios de los años 70, mis papás descubrieron la isla de Cozumel como destino para nuestras vacaciones familiares. Viajábamos muchas veces en los Boeing 727 de Mexicana, que siempre tenían música ambiental de Juan Torres, el famoso organista mexicano.
Cozumel era literalmente el paraíso: las mejores playas del mundo. Playas con colores turquesa de varios tonos y arena muy blanca. Recuerdo que alguien aquí en Houston me comentó que sus padres literalmente conocían todo el mundo y que pensaban que no había mejores playas que las de esa isla.
En aquel entonces había muy pocas construcciones. El centro era pequeño, con un par de tiendas que ofrecían productos de muchos lados del mundo, ya que era un puerto libre: se podían importar productos de cualquier lugar del mundo sin pagar impuestos. Este sistema servía para que la isla pudiera tener suministros que el país no podía proporcionar por estar tan apartada de los centros económicos.
Valga decir que era el parque de diversiones de mi mamá, quien se pasaba muchas horas comprando artículos para la casa. Literalmente no podíamos sacarla de “La Bodega del Teniente”, su tienda favorita.
Cozumel Caribe era el nombre del hotel al que llegábamos: un hotel de dos pisos junto a una playa aislada e inmejorable. Allí rentaban unas lanchas individuales de motor a las que llamaban “Los Broncos”. Eran los precursores de los jet ski.
A mí me gustaba mucho ir también porque me dejaban manejar, a pesar de mi edad, una motocicleta Honda. Ir por las veredas no pavimentadas, rodeado de vegetación, con los sonidos de los pájaros, los insectos de la zona y el motor, era lo máximo.

Un día tomamos un tour que consistía en abordar un pequeño barco que hacía un recorrido hasta el otro lado de la isla. En aquel entonces no había caminos para llegar fácilmente: había que rodear toda la isla, lo cual tomaba tiempo, además de que no había nada en el camino.
El barco navegaba con una tripulación de tres o cuatro personas. Una vez alejados de la zona hotelera, un par de ellos brincaban al mar con equipo de buceo y arpones, pescaban una gran variedad de peces y también extraían caracoles de mar, que iban poniendo en cubierta.
Con la pesca a bordo, el barquito continuaba su recorrido hasta llegar al otro lado de la isla. Una vez allí, nos llevaban a la playa en un bote pequeño, ayudados con una cuerda atada a la orilla. En la playa había una palapa grande donde una señora tenía el fuego listo y hacía tortillas a mano. Más tarde comeríamos todo lo que habían pescado: más fresco no podía ser.

Mientras cocinaban la comida, tomaba mi snorkel e iba a la orilla de la playa a ver los erizos de mar. Con una varita se los acercaba a los peces de todos colores que se podían ver. Los peces iban quitando una por una las espinas del erizo hasta que quedaba indefenso y entonces, entre todos, se lo comían completo.
Comimos todos juntos: la tripulación, mi familia y la familia de la señora, quien tenía dos hijos más o menos de mi edad y de la de Federico. Teníamos una gran vista al mar y kilómetros de playas totalmente desiertas, llenas de palmeras.

Llegó la hora de regresar. Nos subimos al pequeño bote y, con la cuerda, lo fueron desplazando hacia el barquito. Los hijos de la señora iban brincando y nadando junto al bote hasta que, poco a poco, nos empezamos a alejar de ellos.
Mi papá me dice:
—¿A poco crees que ellos no son felices?
Luego me dice:
—¡Quítate tu playera!
Lo mismo le dice a Federico, mi hermano:
—¡Aviéntenlas pronto!
Nos íbamos alejando. Hice una bola con mi playera y se las aventé. Tuve que pensar rápido. Por un instante no supe qué estaba pasando; cuando lo comprendí, me sentí bien. Fue la primera vez en que intuí que existía una complejidad social de la que no estaba al tanto.

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