El Amor en una Servilleta

En la Navidad de 1969, mi prima Beatriz Eugenia Chávez Mendoza —Betty para toda la familia— se acercó para darme un pequeño regalo. Me comentó: «Te lo envía mi tío». Primero pensé que se refería a mi tío José, su papá, pero en realidad era un regalo de mi papá; es decir, una confusión de lo que la palabra «tío» significaba para cada uno.

Recuerdo que era 1969 porque el regalo era una película en formato Super 8 de toda la misión del Apolo 11, la que proyecté incontables ocasiones.

Festejábamos la Navidad en Tlalnepantla, en la «casa de mi tía» Justina, en donde siempre hubo un gran movimiento, ya que «Los Chávez» eran siete en total y nosotros, «Los Romero», nada más nueve.

Betty al centro navidad 1973

También estaba la abuela Mariquita, que normalmente vivía con ellos, aunque de vez en cuando pasaba temporadas en nuestra casa. La tía Lola, siempre presente, cuñada de Mariquita que vivía en California, pero siempre regresaba a México para las fiestas de fin de año.

Toya mi abuela paterna, la tía Lola y Mariquita mi abuela materna

Por otra parte, «Los Elizondo» eran catorce. Mi tía Felisa, la otra hermana de mi mamá, tuvo doce hijos y también vivía en Tlalnepantla. Ellos no iban todos juntos a la vez a festejar; iban y venían, ya que su casa estaba a tan solo unas cuadras. Claro está que estaba la mesa de los grandes: las tres hermanas con sus respectivos esposos siempre estuvo puesta como un lugar muy especial.

Por cierto, de chico no me gustaba ir a casa de los Elizondo porque me daba pena no saber el nombre de cada uno de mis primos y tenía que poner mucha atención para identificar quién era quién, y eso me tomaba mucho tiempo e incomodidad.

El árbol de Navidad se llenaba con muchísimos regalos de las tres familias y con primos de todas las edades.

Mis hermanas mayores, Mavi y Martha, siempre fueron compañeras de juego de Betty. En los días de campo acostumbraban poner una hamaca y mecerse atando una cuerda a algún árbol cercano, así como brincar la cuerda levantando cualquier cantidad de polvo.

Betty atrás a la izquierda, mi hermana Lupe, Mavi, Yo y Martha

Betty nació el 30 de mayo de 1953, tan solo unos días antes de la boda de mis papás, que fue el 13 de junio. Aprovecharon el evento para bautizarla, lo que provocó muchos murmullos entre los asistentes en la iglesia porque ¡unos recién casados estaban al mismo tiempo bautizando a su hija!

Betty era ocho años mayor que yo y, al vivir en Tlalnepantla, pues solo la veía los domingos en las ocasiones en que íbamos a comer a su casa.

Betty atrás a la izquierda, todos los Chávez y los hermanos Romero 1962 en el Oro

Yo la veía que pertenecía a otra generación, pues ella ya era una adolescente y le gustaba escuchar a los cantantes de moda, como Alberto Vázquez con su canción «Olvídame», y a Enrique Guzmán y Rocío Dúrcal con la canción «Acompáñame».

Ella me llamaba «Gucho», como derivación de «Güicho», como siempre me llamó mi abuela Mariquita.

Recuerdo que en 1975 iba yo en tercer año de secundaria, era temporada de los exámenes semestrales. Al día siguiente tendría el de Historia Universal. Pensé: «Me da tiempo de estudiar antes de la boda de Betty, que sería esa noche».

Cuál sería mi sorpresa que llegué a casa como a las dos de la tarde y mi papá me dice: «¡Arréglate, que estamos por salir ya para la boda de Betty!».

Nosotros vivíamos en el sur, en la Campestre Churubusco. La fiesta fue en el Club de Golf La Hacienda, a 40 km de distancia, atravesando toda la ciudad a una velocidad muy lenta.

Fuimos a su boda y yo lleno de angustia porque no pude estudiar nada antes de mi examen. Yo tenía catorce años, Betty veintidós y Alfonso, su esposo, treinta y cuatro.

Recuerdo que el conjunto musical, en algún momento durante la fiesta, cuando todo el mundo estaba bailando, anuncia que los músicos se habían ido y que lo que se escuchaba era solo una grabación. Efectivamente, los músicos se habían retirado del escenario; solamente había sido una broma para animar la fiesta.

La vida siguió. Betty se había mudado aún más lejos, hacia el norte. Tuvo dos hijos, Andrés y Diego, a quienes he visto en muy pocas ocasiones. Los dos son muy altos y sé que Andrés es muy inteligente.

Había escuchado que económicamente su familia no estaba bien, pero que siempre, de alguna forma, salían adelante.

Pasaron los años. En marzo de 1994 fue nuestra boda. Al terminar la ceremonia había mucha gente en la plaza de la Iglesia de Santo Tomás Moro, al sur de la ciudad.

De repente, entre la gente veo a Betty que se acerca y me dice: «Gucho, solo quise venir a la iglesia y darte tu regalo». Envueltos en una servilleta simple de papel, común y corriente, ¡están tres cuchillos sencillos de cocina!

¡Nunca me imaginé que tanto amor y cariño pudieran estar envueltos en una servilleta!

Betty falleció en 2021, en la época de la pandemia.

P. D. Sí pasé mi examen de Historia Universal.

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